Un espacio para reconocer la maternidad: mi experiencia en un taller con Cristina Montoro

De los muchos talleres dirigidos por la Dra. Cristina Montoro, el de maternidad fue el primero al que asistí. Era un tema profundamente personal, una experiencia única para cada mujer y, al mismo tiempo, tan universal y natural que parecía difícil de abordar.

Hablar de maternidad en un contexto terapéutico puede resultar delicado. Que algo sea natural no significa que sea simple. Al contrario: dentro de esa aparente naturalidad muchas mujeres viven tensiones internas difíciles de expresar.

La maternidad, en su esencia, puede convertirse en un torbellino de cambios físicos, biológicos, neurológicos, psicológicos y, por supuesto, emocionales. Este taller reveló hasta qué punto la maternidad puede ser psicológicamente exigente, pero también lo profundamente hermosa e instintiva que puede llegar a ser.

En muchos sentidos es una experiencia mágica y nutritiva. Sin embargo, hay un sentimiento que apareció repetidamente entre las participantes: la culpa.

Culpa por compararse con otras madres.
Culpa por no cumplir con las expectativas de la sociedad o con las propias.
Remordimiento por sentirse frustrada con los hijos o con la pareja.
Incluso vergüenza por desear simplemente una pausa.

Ser madre es una tarea inmensa, y no existe una única manera de definirla. Del mismo modo, tampoco hay una única forma correcta de criar a un hijo.

 

Un enfoque que mira a la persona como un todo

Una de las cosas que más me llamó la atención del taller fue el enfoque holístico de Cristina Montoro. En lugar de centrarse en un único problema o síntoma, invitaba a mirar a la persona en su totalidad.

Parte del trabajo consistía en ayudar a las madres a tomar conciencia del papel que desempeña su propio cuerpo a lo largo de la maternidad.

Que el embarazo y el parto hayan pasado no significa que los cambios terminen ahí. El cuerpo continúa atravesando transformaciones hormonales y emocionales durante mucho tiempo después del nacimiento de un hijo.

Muchas mujeres describen esta etapa como el comienzo de un nuevo capítulo de la feminidad.

De repente, deja de ser solo una relación entre tú y tu cuerpo. Pasa a ser una relación entre tú, tu cuerpo y el ser humano que ese cuerpo ha creado.

Durante el taller no solo se hablaba de intuición o de conexión mente-cuerpo. También se proponían pequeñas acciones concretas: respirar con conciencia, meditar unos minutos, relajar el cuerpo, incluso algo tan sencillo como sonreír.

Estas prácticas abrían un espacio para que las mujeres pudieran volver a sentir su propio cuerpo. Algo que, después del parto, muchas veces puede vivirse con cierta distancia o extrañeza, y que sin embargo sigue siendo una fuente profunda de vulnerabilidad, fuerza y placer.

 

El cansancio que no siempre se ve

A medida que avanzaba la sesión y las mujeres compartían sus experiencias, recordé algo que había aprendido tiempo atrás: la importancia de reconocer los distintos tipos de descanso.

Dormir no siempre es suficiente para recuperarse del agotamiento.

Existe un enfoque que habla de siete tipos de descanso: físico, mental, emocional, espiritual, sensorial, creativo y social.

Mientras escuchaba a algunas de las madres, me di cuenta de que muchas de ellas probablemente dormían lo suficiente, pero aun así parecían experimentar otro tipo de fatiga, más cognitiva o incluso espiritual.

Se percibía en sus palabras, en su energía, en la forma en que describían su día a día.

Las madres suelen llevar vidas muy intensas y no siempre es posible atender a todos estos tipos de descanso. Pero reconocerlos puede ser muy revelador, porque permite identificar de dónde viene realmente el cansancio.

 

La necesidad de sentirse acompañada

Otro tema que apareció con fuerza fue la sensación de falta de comunidad.

Muchas madres tienen pareja, familia o amigos que las apoyan. Aun así, muchas expresaron que les faltaba un espacio donde poder hablar libremente de su experiencia sin sentirse juzgadas.

En muchas culturas tradicionales la maternidad estaba acompañada por una red de apoyo más amplia. Hoy en día, en cambio, muchas mujeres atraviesan esta etapa con menos apoyo estructural del que necesitarían.

Por eso el simple hecho de reunirse, escuchar y compartir se volvió algo profundamente significativo.

De alguna manera, el taller ofrecía algo que iba más allá de los consejos o las herramientas: ofrecía la certeza de que ninguna de ellas estaba sola en lo que sentía.

 

El encuentro con el niño/la nina interior

En un momento de la sesión la conversación tomó un giro más psicológico y apareció un tema que me pareció especialmente poderoso: el niño interior.

Reflexionar sobre el propio niño/a interior no es exclusivo de la maternidad. Pero convertirse en madre puede hacer que partes no resueltas de nuestra propia historia se vuelvan mucho más visibles.

A veces, cuando una mujer se convierte en madre, puede olvidar que ella también está viviendo su primera vez en la vida, su primera vez siendo madre.

El hecho de estar criando a tus hijos no hace desaparecer tu historia, tus heridas o tus desencadenantes emocionales.

Por eso es tan importante encontrar momentos para conectar con ese niño interior. Porque aquello que no procesamos suele terminar proyectándose en los demás.

Recuerdo especialmente una pregunta que Cristina lanzó al grupo, sin esperar necesariamente una respuesta inmediata:

“¿Estoy actuando desde mi herida o desde la persona que quiero llegar a ser?”

Es una pregunta sencilla, pero profundamente reveladora.

Es fácil caer en viejos patrones, reaccionar desde la inseguridad o desde experiencias pasadas. Pero detenerse a observarse con honestidad puede abrir la puerta a cambios mucho más auténticos.

Eso sí: la autorreflexión solo tiene sentido cuando se hace desde la compasión. Si nace del juicio, solo añade más peso al dolor.

 

La presencia que no tiene que ser perfecta

Hacia el final del taller surgió otro tema muy presente en la experiencia de muchas madres: la dificultad de estar realmente presentes.

Muchas desean estar más presentes con sus hijos, pero la realidad cotidiana no siempre lo permite.

La vida se llena de responsabilidades, cansancio y múltiples demandas. Y cuando llega un segundo hijo, muchas madres sienten que el tiempo se vuelve aún más limitado.

Incluso cuando se intenta dedicar tiempo a un hijo mayor, un recién nacido requiere inevitablemente más presencia física.

La realidad es que una madre no puede dividirse en dos. Pero aceptar esto con amabilidad hacia una misma no siempre es fácil.

Quizá por eso el ejercicio no consiste en encontrar una solución perfecta, sino en aprender a sostener esas emociones con más comprensión.

Sentarse con ellas. Reconocerlas. Mirarse con cierta ternura.

 

Más que un taller, un espacio

Al terminar la sesión me quedó una sensación clara.

Cristina Montoro no solo había guiado un taller. Había facilitado un proceso de reconocimiento.

Lo que comprendí a través de esa experiencia es que la maternidad no es simplemente una identidad que una adopta de repente.

Es una negociación constante entre quién eras, quién eres y quién estás llegando a ser.

El cuerpo cambia. La mente se expande. La culpa aparece y desaparece. Y, debajo de todo eso, sigue existiendo una mujer que continúa descubriéndose a sí misma en tiempo real.

Quizá lo más valioso que ofrecen estos talleres no sea una solución concreta, sino algo más sencillo y, al mismo tiempo, más profundo: un espacio.

Un lugar donde las madres pueden existir más allá de las expectativas, más allá del rendimiento y más allá de la comparación.

Un espacio donde la presencia no tiene que ser perfecta.

Solo tiene que ser honesta.

 

Isabella Arguello
Psicóloga recién graduada y colaboradora en el espacio terapéutico de Cristina Montoro.

 

 

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Cristina Montoro, psicóloga en Dinamarca, ofreciendo terapia en español, inglés y danés.